miércoles, 27 de mayo de 2009

Homilia Pronunciada por Román Bilbao el 23 de mayo 2009 en San Asensio

FIESTA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. 2009


Hecho. Hace ya bastante años leí cómo los adultos solemos pasar por tres etapas: camello, león y niño. Suele se muy normal que comencemos nuestra vida profesional y familiar siendo unos camellos, vamos a por todas y cargamos con lo que nos echen. Al cabo de un tiempo tomamos conciencia de que están abusando de nosotros en el trabajo y en la familia y nos transformamos en unas fieras de cuidado y en agresivos leones. Pasan los años, recapacitamos y nos decimos: para camellos ya no tenemos “correa”, tampoco vale la pena ser “leones” porque lo único que vamos a conseguir es hacer mala sangre e igual una úlcera de estómago, seamos niños y juguemos.

A mi me parece que los que estamos aquí celebrando esta fiesta estamos ya en la tercera etapa o muy cerca de ella. Por eso, ahora, como a los niños, os voy a contar un cuento que nos puede ayudar a comprender el significado de la fiesta litúrgica que hoy celebramos, la fiesta de la Ascensión, y también el sentido que puede tener nuestro encuentro.

Vayamos con el cuento. “Érase una vez un rabino que le pidió a Dios que le ayudara a comprender lo que era el cielo y el infierno. Dios quiso satisfacer su curiosidad, así que llamó al profeta Elías para que le acompañara al rabino en su aventura. Lo primero que hizo Elías fue llevarle a una sala muy amplia, en cuyo centro había un enorme puchero.

Dentro de la olla hervía un sabroso cocido. En un corro, alrededor de perol, había un grupo de personas que introducían largas cucharas en el potaje. Lo curioso era que todos tenían un aire enfermizo y enclenque, estaban pálidos y muy delgados. En el ambiente se respiraba pesimismo y tristeza, quizás porque los mangos de las cucharas eran tan sumamente largos que nadie conseguía llevarse a la boca una cucharada de cocido.

Una vez fuera de la sala, el rabino le comentó al profeta lo extraño que le había parecido el sitio, a lo que Elías le contestó: Amigo mío, eso que acabas de ver es el infierno.

A continuación, Elías acompañó al rabino a otra sala, que en principio parecía exactamente igual a la primera. En el centro había fuego y sobre él un enorme puchero donde hervía un delicioso cocido. Alrededor del fuego, un grupo de personas metía en la olla las cucharas de mango largo. Ahora bien, al contrario que el primer grupo, estas personas conversaban animadamente mientras comían.

¿Cuál era la diferencia entre ambas salas? pregunto Elías al rabino. El rabino contestó: la diferencia está en que las personas de la segunda sala no se alimentaban a sí mismas con las largas cucharas, sino que la llevaban a la boca del vecino, se ayudaban unas a otras a comer. Ahora, ¡Ya lo entiendo lo que es el cielo! ”.


Este cuento, en mi opinión, tiene una buena base teológica para decirnos lo que es el cielo. El cielo no es un lugar. El cielo es una situación existencial en la que las personas esteremos reconciliadas con Dios, con los demás y también con la naturaleza. La fiesta de hoy, la de la Ascensión de Jesús, quiere que tomemos conciencia de que Dios nos ha preparado esa meta. Jesús a esa meta la llamó Reino de Dios.

En la vida, de vez en cuando, suele haber momentos en que algo de ese cielo se nos adelanta. Normalmente esos momentos suelen coincidir con experiencias de fraternidad, de amistad y de armonía. Cuando eso sucede solemos decir parece que estamos en el cielo. Por el contrario, cuando tenemos experiencias adversas y dificultosas en nuestra convivencia usamos expresiones como estas: “Esta casa, oficina, vecindad... parece un infierno”

Hoy puede ser una buena ocasión para decir, salvando la analogía del ser que dirían los filósofos, que hemos estado en el cielo si hacemos un esfuerzo para que la convivencia funcione. Bueno será que esta experiencia de fraternidad y de amistad que hemos comenzado hace un rato nos haga también pensar de que estamos llamados a vivirla en plenitud en el cielo.

Dicho esto igual es bueno que ahora nos preguntemos: ¿Qué puede suponer para un grupo como el que estamos aquí el celebrar las Bodas de Oro de que dejamos el Txami?

En mi opinión la fiesta de Pascua que celebraban los judíos tiene unos elementos que nos pueden dar pistas para contestar a esta pregunta

Mirad, para el pueblo de Israel celebrar la Pascua suponía tres cosas:

1. Recordar un acontecimiento de la vida pasada. “Hacer memoria” de cómo un día Dios entró en su historia, les liberó de la esclavitud que padecían en Egipto e hizo una alianza de amor con ellos.

2. Evocar que Dios no les iba a abandonar, que podían seguir contando con El para llegar a la tierra prometida.

3. Hacer una serie de gestos, acciones, para dar gracias a Dios por lo uno y lo otro.


Para nosotros esta celebración debe ayudarnos:

1. A hacer memoria de nuestros años en el Colegio y a recordar sin ira porque ya hemos dejado la “etapa de leones”, a los compañeros, a los profesores, los vales que nos daba o nos quitaba “poque demoque” y condicionaban nuestros paseos a Artxanda, Arrainz, La Pelña, Pagasarri ... el regaliz que nos daba el hermano “Leví” cuando pagábamos la cuenta, las potencias que de vez en cuando nos caían, el temido Boletín de notas que nos daban los sábados y condicionaba la paga del domingo y algunas cosas más, los enlaces, las competiciones deportivas, la fiesta del 15 de mayo., y otras muchas cosas más que saldrán a lo largo de esta jornada.

2. A atrevernos a preguntarnos por el cielo. Preguntarse por el cielo es preguntarse por el destino último de las personas y las cosas. No preguntarse por el sentido de nuestro caminar, por el sentido de nuestra vida, de nuestro trabajo, etc suele llevar al desaliento, a perder vitalidad, y esperanza. Algunos sicólogos suelen decir que en nuestra sociedad a fuerza de eficacia y realismo mal entendido hemos matado al niño que llevamos dentro. ¿Por qué dicen esto? Lo dicen porque en medio de mil preocupaciones cotidianas, o agobiados por los acuciantes problemas de nuestro mundo no hemos dejado un lugar en nuestra vida para los sueños, para la esperanza, para la ternura. Por eso nos suelen dar una recomendación: Despertemos al niño que llevamos dentro. A pensar en lo que os decía antes de que estamos.

3. A tomar en serio todo lo que estamos haciendo hoy: la convivencia, el recuerdo de los compañeros y profesores que ya no están en este mundo, etc y dar gracias a Dios porque hoy podemos celebrar este acontecimiento. También puede ser una buena ocasión para agradecer a los Hermanos todo lo que hicieron por nosotros y a nuestros compañeros que ya no están en este mundo.

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