Y al final llegó el día señalado. El cielo, en el Monasterio de La Estrella estaba encapotado. La mayor parte de mis compañeros salían de sus casas para emprender el viaje, unos en autobús, otros en sus coches, algunos habían llegado el día anterior, e incluso hubo quien casi se pierde la fiesta por olvido. Se esperaba a compañeros de distintos puntos del país.
Pero el presagio de un lluvioso día desapareció en cuanto se fue acercando la hora del encuentro. A las 10, Juan Bautista Merino había llegado, en compañía de Bárcena y Morón, y se dedicaba a organizar el evento pegando las etiquetas identificativas en los estuches del reserva que preparaba para ser retirados por los asistentes. El hermano Luis Miranda, que no dejó un detalle en el aire, nos acompañaba cuidando los últimos pasos.
Se acercaba la hora y había que dejar expedito el aparcamiento del autocar. Nos acercamos y allí estaba un madrugador: Valdenebro, le acompañaba el Hno. Jaime Alvarez, quien sentía no poder asistir a la comida por razones de familia. La mañana ya había despejado y un cielo azul presagiaba una jornada especialmente grata.
A las 11, con puntualidad inglesa, estacionó el autobús y de el comenzaron a bajar nuestros compañeros, que saludaban a los que llegaban en sus coches, todos satisfechos de encontrarse con los recuerdos del pasado que de viva voz unos encendían en otros. Les acompañaba el Hno. Joaquin Casiano encantado de participar en estos Actos.
Se fueron conformando grupos en los que las sonrisas alegraban el ambiente. Para unos el reencuentro representaba un “como decíamos ayer”, tras un lapso de lustros, para los más era otra oportunidad, aunque muy especial, de contactar después de nuestra anterior celebración
Los asistentes se van desplazando hasta el almacén donde el hermano Desiderio les espera para entregarles el vino del Cincuentenario, un Reserva del 2001, que mediante “cata ciega” venció a vinos de cualificado origen. Poco después conoceríamos, que el día anterior, en un fax procedente de “The London International Wine Fair”, el Reserva del 2001 elegido por nosotros, conocido como “Dominio de la Salle”, había obtenido una medalla de Plata de tal prestigiosa exposición mundial. El respaldo que ha tenido nuestra elección, sin duda nos ha llenado de satisfacción, porque el evento merecía la categoría, hoy contrastada, de este caldo.
Y tras depositar en el autobús los estuches, nos dirigimos al claustro de la iglesia del Monasterio.
Esperando a que comience el acto religioso, hacemos corros con Luis y Jaime, recordando otros tiempos y a otros hermanos, por su nombre o por su mote, intentando trasladar a nuestros compañeros sensaciones de entonces, para compartir y completar recuerdos que brotan de aquellas caras, que nos eran tan cercanas en una vida anterior tan larga: toda nuestra niñez y gran parte de la juventud.
Las conversaciones sobre,... y, ¿quien es aquél...?. ¿Será? ... pues yo creo que es ... y van apareciendo fisonomías que se desvanecieron de nuestro entorno, amigos cuyo contacto era cotidiano, Javier Larrumbide, Ricardo Santos, Martín Izarra, Juan Luis Ruiz de Arbulo, Pablo Aurrecoechea, Enrique de Miguel, Toño Foraster, Juan Antonio Meler, Enrique Ramírez, ... distintos en la forma pero los mismos en el fondo.
Fotos, videos,...y van pasando los minutos en animada conversación hasta que llega el momento de la ceremonia religiosa. Luis nos comunica que quien no desee asistir puede disfrutar de un paseo por el entorno. No nos entretenemos y pasamos al interior de la iglesia acompañados por los acordes del “A ti Fundador” que interpreta el organista. Una imagen de la Virgen de La Estrella preside el altar, a la derecha se encuentra el Fundador S. Juan Bautista de la Salle, en la parte izquierda sobre una columna hay un centro de flores en el que se lee “EN RECUERDO DE NUESTROS MAESTROS DE LOS A. A. DE SANTIAGO APÓSTOL 1959 –2009”. Y, en la pared izquierda está abierto un Osario en el que reposan los restos de quienes nos educaron en aquellos días que hoy celebramos.
Comienza la misa que concelebra nuestro compañero Román Bilbao acompañado del Capellán de los Hermanos. Luis Miranda y Jaime Alvarez nos dirigen unas palabras y aquél nos recuerda a los que no asisten entre los que están los fallecidos cuyo recuerdo hoy es más obligado que nunca. Román nos dirige una Homilía preparada para esta ocasión, cuya lectura guarda Juan Bautista para quien no pudo escucharla. Él mismo nos lee un Soneto titulado Adagio Maestoso y que ha compuesto para esta ocasión. Y al final, todos en pié, acompañados por el órgano, cantamos el Himno del Colegio, que en esta oportunidad alcanza un nivel, por el sentimiento y calor que ponemos, desconocido en otras ocasiones. Ángel Fernández toma buena nota de los detalles recogiendo imágenes que después recopilará en un DVD.
El Hno. Luis pide que algún compañero ayude a trasladar el Centro de flores hasta el Cementerio, en donde se encuentran los Hermanos fallecidos que no están en el osario. Una vez allí, JB recita un Soneto, rezamos una oración y tras un momento de silencio damos por acabada la ceremonia.
Como el día sigue manteniéndose espléndido, vamos paseando hacia el lugar donde tomaremos un vino español, haciendo un alto en el Txoko que poseen los Hermanos en el Monasterio, antiguas estancias llenas de rancio sabor, con su trujal, su cementerio de vinos, sus galerías con unos cientos de años a sus espaldas. Un lugar para volver a saborear en otra ocasión.
Por el camino van apareciendo compañeros que se suman al festejo y, paseando, entramos en el local donde se encuentran unas mesas rebosantes de agradables vinos blancos y tintos, hermanos de nuestro Reserva del Cincuentenario, que acompañan a una nutrida variación de pinchos. Se agradece el descanso, pero aún con la boca llena, no se pierde el afán por conversar y recordar lo que nos une y nos acerca.
Se va aproximando la hora de comer en una bodega cercana, Conde de los Andes, situada en Ollauri y propiedad de Bodegas Paternina y no perdemos un minuto. El autocar espera, y en un amén todos estamos saliendo en dirección Briones. Sin embargo un par de nuestros compañeros se habían rezagado y con las prisas los habíamos dejado en el Monasterio. Pero ya se ocupan de llegar a tiempo.
Al llegar encontramos un edificio de piedra arenisca con un portalón de recia madera de roble, tras la que no se presentía el acogedor espacio que nos recibió en una umbrosa estancia adornada con centenarias barricas, de exagerado tamaño, que anticipaban el estilo de una bodega ancestral con sabor y raigambre.
Subimos al piso superior en el que nos esperaban dos tradicionales mesas corridas presididas por una tercera. Fuimos tomando posiciones intentando rodearnos de aquellos con los que nuestra afinidad, o la distancia en el tiempo, nos pedían cercanía.
El fondo de nuestras conversaciones estaba amenizado por música de aquella época juvenil, años Cincuenta. Pero se hacía incómodo añadir decibelios a nuestros oídos, más entregados a nuestros interlocutores.
El menú, típico de La Rioja: Espárragos, Pimientos a la brasa, Patatas a la Riojana, Chuletillas de Cordero, Pastel de queso, Café y Copa, regado con un Banda Dorada de Paternina, fue degustado entre interrupciones de Luis y Juan Bautista, que nos recordó en Resumen los 50 años y, tras un brindis con Soneto, ad hoc, rompió su copa contra el suelo.
En los postres se nos invitó a ver la Bodega y fuimos entregando las Orlas que Angel Fernández preparó con esmero y que son un recuerdo, ya imborrable, de esta irrepetible fiesta.
Algunos tuvimos el placer de pasearnos por los calados de la bodega, construidos en el siglo XVI, de la mano de Coral, una experta y encantadora descendiente de la familia Paternina, que nos acercó a ese mundo tan interesante del vino. Y tuvimos ocasión de acercarnos a cosechas de más de 100 años, que aún comercializan.
Acabada la visita, nos despedimos y bajando al pueblo encontramos a parte de nuestros compañeros sentados alrededor de una mesa, tomando unas cervezas y alargando el tiempo, que se iba acabando.. El chofer esperaba impaciente, con el vehículo medio lleno, pero no había quien levantara a los contertulios, que, entre risas y comentarios jocosos, se entretenían hasta las 18:30, hora en que habían de salir de vuelta a casa. Cinco minutos antes se levantaron, y, paseando lentamente, como si no quisieran que la jornada acabase, llegaron al autobús, que salió sin demora.
Tomé mi coche para acompañaros, yo me quedaba por estas tierras, os seguí unos kilómetros mientras mi camino coincidiese, adelanté al autocar, me despedí, tomando otra ruta, y sentí no compartir la vuelta, porque la fiesta, para mí, ya acababa y el tiempo, que habíamos creado, terminaba. ¡Hasta siempre amigos!
Pero el presagio de un lluvioso día desapareció en cuanto se fue acercando la hora del encuentro. A las 10, Juan Bautista Merino había llegado, en compañía de Bárcena y Morón, y se dedicaba a organizar el evento pegando las etiquetas identificativas en los estuches del reserva que preparaba para ser retirados por los asistentes. El hermano Luis Miranda, que no dejó un detalle en el aire, nos acompañaba cuidando los últimos pasos.
Se acercaba la hora y había que dejar expedito el aparcamiento del autocar. Nos acercamos y allí estaba un madrugador: Valdenebro, le acompañaba el Hno. Jaime Alvarez, quien sentía no poder asistir a la comida por razones de familia. La mañana ya había despejado y un cielo azul presagiaba una jornada especialmente grata.
A las 11, con puntualidad inglesa, estacionó el autobús y de el comenzaron a bajar nuestros compañeros, que saludaban a los que llegaban en sus coches, todos satisfechos de encontrarse con los recuerdos del pasado que de viva voz unos encendían en otros. Les acompañaba el Hno. Joaquin Casiano encantado de participar en estos Actos.
Se fueron conformando grupos en los que las sonrisas alegraban el ambiente. Para unos el reencuentro representaba un “como decíamos ayer”, tras un lapso de lustros, para los más era otra oportunidad, aunque muy especial, de contactar después de nuestra anterior celebración
Los asistentes se van desplazando hasta el almacén donde el hermano Desiderio les espera para entregarles el vino del Cincuentenario, un Reserva del 2001, que mediante “cata ciega” venció a vinos de cualificado origen. Poco después conoceríamos, que el día anterior, en un fax procedente de “The London International Wine Fair”, el Reserva del 2001 elegido por nosotros, conocido como “Dominio de la Salle”, había obtenido una medalla de Plata de tal prestigiosa exposición mundial. El respaldo que ha tenido nuestra elección, sin duda nos ha llenado de satisfacción, porque el evento merecía la categoría, hoy contrastada, de este caldo.
Y tras depositar en el autobús los estuches, nos dirigimos al claustro de la iglesia del Monasterio.
Esperando a que comience el acto religioso, hacemos corros con Luis y Jaime, recordando otros tiempos y a otros hermanos, por su nombre o por su mote, intentando trasladar a nuestros compañeros sensaciones de entonces, para compartir y completar recuerdos que brotan de aquellas caras, que nos eran tan cercanas en una vida anterior tan larga: toda nuestra niñez y gran parte de la juventud.
Las conversaciones sobre,... y, ¿quien es aquél...?. ¿Será? ... pues yo creo que es ... y van apareciendo fisonomías que se desvanecieron de nuestro entorno, amigos cuyo contacto era cotidiano, Javier Larrumbide, Ricardo Santos, Martín Izarra, Juan Luis Ruiz de Arbulo, Pablo Aurrecoechea, Enrique de Miguel, Toño Foraster, Juan Antonio Meler, Enrique Ramírez, ... distintos en la forma pero los mismos en el fondo.
Fotos, videos,...y van pasando los minutos en animada conversación hasta que llega el momento de la ceremonia religiosa. Luis nos comunica que quien no desee asistir puede disfrutar de un paseo por el entorno. No nos entretenemos y pasamos al interior de la iglesia acompañados por los acordes del “A ti Fundador” que interpreta el organista. Una imagen de la Virgen de La Estrella preside el altar, a la derecha se encuentra el Fundador S. Juan Bautista de la Salle, en la parte izquierda sobre una columna hay un centro de flores en el que se lee “EN RECUERDO DE NUESTROS MAESTROS DE LOS A. A. DE SANTIAGO APÓSTOL 1959 –2009”. Y, en la pared izquierda está abierto un Osario en el que reposan los restos de quienes nos educaron en aquellos días que hoy celebramos.
Comienza la misa que concelebra nuestro compañero Román Bilbao acompañado del Capellán de los Hermanos. Luis Miranda y Jaime Alvarez nos dirigen unas palabras y aquél nos recuerda a los que no asisten entre los que están los fallecidos cuyo recuerdo hoy es más obligado que nunca. Román nos dirige una Homilía preparada para esta ocasión, cuya lectura guarda Juan Bautista para quien no pudo escucharla. Él mismo nos lee un Soneto titulado Adagio Maestoso y que ha compuesto para esta ocasión. Y al final, todos en pié, acompañados por el órgano, cantamos el Himno del Colegio, que en esta oportunidad alcanza un nivel, por el sentimiento y calor que ponemos, desconocido en otras ocasiones. Ángel Fernández toma buena nota de los detalles recogiendo imágenes que después recopilará en un DVD.
El Hno. Luis pide que algún compañero ayude a trasladar el Centro de flores hasta el Cementerio, en donde se encuentran los Hermanos fallecidos que no están en el osario. Una vez allí, JB recita un Soneto, rezamos una oración y tras un momento de silencio damos por acabada la ceremonia.
Como el día sigue manteniéndose espléndido, vamos paseando hacia el lugar donde tomaremos un vino español, haciendo un alto en el Txoko que poseen los Hermanos en el Monasterio, antiguas estancias llenas de rancio sabor, con su trujal, su cementerio de vinos, sus galerías con unos cientos de años a sus espaldas. Un lugar para volver a saborear en otra ocasión.
Por el camino van apareciendo compañeros que se suman al festejo y, paseando, entramos en el local donde se encuentran unas mesas rebosantes de agradables vinos blancos y tintos, hermanos de nuestro Reserva del Cincuentenario, que acompañan a una nutrida variación de pinchos. Se agradece el descanso, pero aún con la boca llena, no se pierde el afán por conversar y recordar lo que nos une y nos acerca.
Se va aproximando la hora de comer en una bodega cercana, Conde de los Andes, situada en Ollauri y propiedad de Bodegas Paternina y no perdemos un minuto. El autocar espera, y en un amén todos estamos saliendo en dirección Briones. Sin embargo un par de nuestros compañeros se habían rezagado y con las prisas los habíamos dejado en el Monasterio. Pero ya se ocupan de llegar a tiempo.
Al llegar encontramos un edificio de piedra arenisca con un portalón de recia madera de roble, tras la que no se presentía el acogedor espacio que nos recibió en una umbrosa estancia adornada con centenarias barricas, de exagerado tamaño, que anticipaban el estilo de una bodega ancestral con sabor y raigambre.
Subimos al piso superior en el que nos esperaban dos tradicionales mesas corridas presididas por una tercera. Fuimos tomando posiciones intentando rodearnos de aquellos con los que nuestra afinidad, o la distancia en el tiempo, nos pedían cercanía.
El fondo de nuestras conversaciones estaba amenizado por música de aquella época juvenil, años Cincuenta. Pero se hacía incómodo añadir decibelios a nuestros oídos, más entregados a nuestros interlocutores.
El menú, típico de La Rioja: Espárragos, Pimientos a la brasa, Patatas a la Riojana, Chuletillas de Cordero, Pastel de queso, Café y Copa, regado con un Banda Dorada de Paternina, fue degustado entre interrupciones de Luis y Juan Bautista, que nos recordó en Resumen los 50 años y, tras un brindis con Soneto, ad hoc, rompió su copa contra el suelo.
En los postres se nos invitó a ver la Bodega y fuimos entregando las Orlas que Angel Fernández preparó con esmero y que son un recuerdo, ya imborrable, de esta irrepetible fiesta.
Algunos tuvimos el placer de pasearnos por los calados de la bodega, construidos en el siglo XVI, de la mano de Coral, una experta y encantadora descendiente de la familia Paternina, que nos acercó a ese mundo tan interesante del vino. Y tuvimos ocasión de acercarnos a cosechas de más de 100 años, que aún comercializan.
Acabada la visita, nos despedimos y bajando al pueblo encontramos a parte de nuestros compañeros sentados alrededor de una mesa, tomando unas cervezas y alargando el tiempo, que se iba acabando.. El chofer esperaba impaciente, con el vehículo medio lleno, pero no había quien levantara a los contertulios, que, entre risas y comentarios jocosos, se entretenían hasta las 18:30, hora en que habían de salir de vuelta a casa. Cinco minutos antes se levantaron, y, paseando lentamente, como si no quisieran que la jornada acabase, llegaron al autobús, que salió sin demora.
Tomé mi coche para acompañaros, yo me quedaba por estas tierras, os seguí unos kilómetros mientras mi camino coincidiese, adelanté al autocar, me despedí, tomando otra ruta, y sentí no compartir la vuelta, porque la fiesta, para mí, ya acababa y el tiempo, que habíamos creado, terminaba. ¡Hasta siempre amigos!
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